ROBERT
La
herida del hombro aún estaba sin curar. Se convertiría en una cicatriz más a unir a la colección
que adornaba su cuerpo. Pero no era una cualquiera: Rhaegar le había asestado
un profundo espadazo en el Tridente y luciría con orgullo una marca que
recordaría para siempre su victoria sobre el malnacido dragón. Iba de camino a
Desembarco del Rey y ya asomaban las torres de la Fortaleza Roja. Eddard se había adelantado y estaba
esperándolo allí, desde donde llegaron las mejores noticias que se podían escuchar:
Lord Tywin Lannister se había puesto del lado rebelde y saqueado la ciudad. El
rey Aerys había muerto a manos de Jaime Lannister, dato interesante para
Robert. Estaba deseando conocer al muchacho capaz de cometer semejante acto. No
negaba que le hubiera gustado ser él mismo quien acabara con el Rey Loco, pero
encontrarse con un trabajo tan desagradable ya hecho tampoco llegaba a
importarle demasiado. Había matado a Rhaegar, su objetivo principal, con sus
propias manos. Respiró profundamente al recordar los rubíes saltando por los
aires y perdiéndose en el río para siempre, mientras que su enemigo
musitaba «Lyanna…» Asqueroso dragón… ¿Cómo osaba decir ese nombre sagrado
con su último aliento? Robert todavía no sabía dónde estaba Lyanna, pero no
dejaría de buscar hasta dar con su paradero y desposarla por fin.
Atravesaron
las murallas sin ningún problema. Sus hombres portaban los estandartes con el
venado coronado de los Baratheon, a cuyo paso todo el mundo se apartaba con una
reverencia. De manera tácita, ya se aceptaba a Robert como el nuevo rey. Al
llegar a la Fortaleza Roja, la presencia de los estandartes Lannister molestó un tanto al
joven, aunque restó importancia a esa demostración de poder. Al fin y al cabo,
él era el líder de la rebelión y el señor de Roca Casterly sólo había hecho su
aparición en escena al final. Entró en la edificación, donde ya lo estaba
esperando Lord Tywin en la Torre de la Mano. Era un hombre de rostro alargado y
serio, enmarcado por unas espesas patillas doradas. La cabeza, afeitada,
brillaba por el sudor. Miraba a Robert con aire de superioridad desde su
asiento. Le invitó a sentarse con un gesto autoritario de su mano. Robert tomó
asiento frente a él dispuesto a escuchar lo que tenía que contarle. «Os he
salvado el pellejo, muchacho. Mis hombres han hecho el trabajo sucio aquí, en
Desembarco.» A Robert no le gustaba el tono con el que había comenzado la
conversación. ¿Qué quería ese viejo? ¿Que se pusiera a sus pies para
reverenciar su hazaña? «Os recuerdo que el que ha asesinado a Rhaegar Targaryen
he sido yo. Vi con mis propios ojos cómo se desangraba en el Forca Verde.» Lord
Lannister entornó sus ojos verdes con desprecio. Las vetas doradas de sus iris
brillaron a la luz del sol que entraba por una de las puntiagudas ventanas. «Sí,
pero mi hijo acabó con la vida del Rey Loco, ¿os parece poco mérito?» Robert
obvió las palabras de Lord Tywin y fue al grano. «Quiero saber dónde está el
resto de la familia real. Juré hace un año que no dejaría un Targaryen vivo en
los Siete Reinos y quiero cumplir ese juramento.» El hombre sonrió
misteriosamente. «Vayamos a la Sala del Trono. Mis hombres estarán a punto de
llegar con noticias sobre este asunto.»
Salían
de la Torre de la Mano cuando se cruzaron con Eddard. Robert fue a darle un
abrazo afectuoso, pero su amigo respondió al gesto con frialdad. «¿Qué pasa,
Ned? Parece que no te alegras de verme», le recriminó. «No es eso… Tengo la cabeza
en otros asuntos, perdona», se excusó. «Pero sí que me gustaría tener unas
palabras contigo a solas», dijo mirando a Lord Tywin de soslayo. Éste no se dio
por aludido y siguió caminando hacia el interior de la zona palaciega, seguido
por Robert y Ned. Entraron en la Sala del Trono, que aún conservaba los cráneos
de dragón en sus paredes. Robert se dijo que, en cuanto fuera rey, las quitaría
de allí. No deseaba tener cerca nada que le recordara a los Targaryen. Subió la
plataforma sobre la que se asentaba el imponente Trono de Hierro y se acomodó
en él, con cuidado de no cortarse con las espadas. No era un asiento
especialmente confortable, pero era su trono. Ninguno de los presentes dijo
nada cuando hizo ese gesto. Ya era un hecho: se había convertido en el nuevo
señor de los Siete Reinos, era Robert I Baratheon.
Los
capas blancas rodeaban la plataforma del trono. Robert echó de menos a Ser
Arthur Dayne y al Lord Comandante… «Encontrarlos a ellos será encontrar a
Lyanna», pensó. Alzó la vista buscando al joven Jaime Lannister: una cabeza de
pelo dorado resaltaba sobre el resto. El rostro era bellísimo, con un punto
extrañamente femenino, y miraba con desafío al monarca, que le hizo un gesto
para que se acercara. Jaime se aproximó al rey e hizo la reverencia de rigor. «Muchacho, he sabido que vos asesinasteis a Aerys a pesar de que vuestra misión
era proteger su vida. ¿Qué debería hacer, castigaros por traidor a un juramento
sagrado o premiaros por matar a mi enemigo?» Ned se adelantó con aparente
intención de decir algo, pero pareció arrepentirse en el último momento. Los
presentes guardaban un silencio sepulcral esperando a que Robert decidiera. Se
levantó del Trono de Hierro y bajó de la plataforma, acercándose a Jaime. «Sois
más joven que yo y ya habéis acabado con todo un rey. Os confirmo como miembro
de la Guardia Real, Jaime el Matarreyes»,
y se carcajeó de su propia ocurrencia.
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Fuente imagen: http://carlzeno.deviantart.com/art/Jaime-Lannister-57418535 |
Todo el mundo rio a su vez siguiendo el
juego a Robert, menos Ned y Tywin, que se acercó a él y le susurró al oído: «Mis hombres desean mostraros algo.» A una señal del señor de Roca Casterly, las
puertas se abrieron y entraron dos soldados. Uno de ellos era un gigante de más
de dos metros y medio, según calculó Robert, mientras que el otro era pequeño,
con cara rosada y ojillos de cerdo. Ambos portaban bultos envueltos en capas
carmesíes con leones dorados de la casa Lannister. El alto, ser Gregor Clegane,
apodado La Montaña, dejó el suyo en
el suelo y lo destapó: era el cadáver de una mujer de pelo oscuro. Robert
observó la mueca de Twyin ante la desagradable visión. Por su parte, Eddard
mantenía una expresión contenida, aunque su mirada era de indignación. «Es el
cadáver de Elia Martell», aclaró Lord Lannister. «Mis instrucciones sobre qué
hacer con ella no fueron entendidas. No debía morir, pero eso ya no tiene
remedio.» El cuerpo estaba amoratado y había sangre seca sobre la ropa que
cubría la entrepierna. La capa roja disimulaba el resto de la sangre derramada.
Había sido violada salvajemente. El hombre pequeño, Ser Amory Lorch, se
adelantó a su vez y depositó su fardo para que Robert lo viera: una niña de
unos cuatro años y un bebé de un año y medio aproximadamente. La niña
presentaba decenas de puñaladas, mientras que el bebé tenía la cabeza
destrozada y su cráneo era un amasijo sanguinolento. Robert no dijo nada ni
tampoco mudó su rostro: él era un héroe, no un asesino de niños, pero ver
muertos a los descendientes de Rhaegar le produjo un placer interior. De nuevo
intervino Lord Tywin: «No creo que hicieran falta tantas puñaladas para matar a
una cría. Con palabras suaves y una almohada hubiera sido suficiente.» Ser
Amory Lorch no se dio por aludido y mostró una sonrisa estúpida.
Los
cadáveres se retiraron y la reunión se dio por concluida. Ned se acercó a
Robert y le preguntó si, por fin, podrían hablar a solas, a lo que Robert
respondió que sí. «Robert, este espectáculo me ha parecido lamentable, tanto
como el que presencié el día que llegué aquí… No puedo creer que estés
satisfecho con todo esto.» Su amigo lo miró fijamente. «Pues no. Aún quedan
Targaryen vivos: la reina Rhaella y el príncipe Viserys.» «Pero, ¿qué estás
diciendo, Robert? ¡Te has convertido en un monstruo! Pensaba que tu objetivo
era recuperar a mi hermana, pero veo que no eres mejor que Aerys…» Robert gruñó
con rabia. «¡Ni se te ocurra dudar de mi amor por Lyanna! Pero juré que
aniquilaría a todos los dragones y eso haré, te lo aseguro. ¡No vuelvas a
compararme con el Rey Loco o…!» «¿O qué, Robert?», Ned cambió el tono de su
voz, que se hizo triste, «¿O debería llamarte Majestad? Sí, eso es… Ahora soy tu súbdito. Pues bien: os pido
permiso para marchar a levantar el asedio de Bastión de Tormentas. No soporto
estar aquí ni un minuto más, mi señor.» «Ned, por favor, perdona, yo…» y, viendo
que su amigo insistía en irse, gritó enfurecido: «¡Maldita sea, haz lo que te
venga en gana, no voy a conseguir nada de ti, estúpido y honorable Stark!» Dio
media vuelta y se marchó, dejando a Eddard con la palabra en la boca.
Como suponía, Eddard va a Bastión antes de encontrar a Lyanna, es lógico porque aún quedan unos meses de embarazo por delante. Tengo ganas de leer lo que ocurrirá, me tienes intrigada >_<
ResponderEliminarEn cuanto al capítulo de hoy... ¿qué decir? Ya se muestra que Robert no tiene ninguna compasión por los Targaryen debido al "secuestro" de Lyanna y los trata a todos como culpables. Es increíble que no se le encoja el corazón al ver a esos niños muertos :( Lo que hace la ira...
Como sigáis a este ritmo supongo que terminaréis de publicar el fic en unos tres días. En eso no os parecéis a Martin, mi señora ;)
Sí, a Bastión va antes :)
EliminarVer a todos los Targaryen muertos es el deseo de Robert, mientras que Eddard ya está harto de todo y sólo quiere encontrar a Lyanna.
En cuanto al ritmo, yo soy muy poco paciente. Teniendo el fic ya terminado, voy a publicar lo que queda :) A veces no publicaba a diario porque no tenía demasiados capítulos en la reserva, pero siempre contaba con cinco o seis en la recámara. Nunca he publicado sin tener los siguientes escritos.
Gracias por comentar, milady :3
¡Fu! Qué impresión, Athena, de verdad. Nos han contado esta historia cien veces, con distintos personajes, pero nunca tan gráfica... y me ha impresionado. Elia... ¡los niños! ¡Qué asco de gentuza!
ResponderEliminarTodos se empeñan en ver a Robert como un buen hombre: aunque era tozudo, distaba mucho de tener mal carácter, y era muy carismático. Derrochador como nadie, mantenía entretenidas las mentes cada vez peor alimentadas. Pero alguien que ante semejante escena no tomó cartas en el asunto, como no lo hizo en la mayor parte de los problemas del reino que se encargaron de gobernar los del Consejo, es un maldito sinvergúenza. Y no hay más.
Ned como siempre tan maravilloso.
Como dije al principio del fic, Robert era capaz de conquistar tanto a hombres como a mujeres precisamente por su carisma y atractivo. Eso no quita que su actitud ante la muerte de Elia y los niños sea muy criticable. Y Ned en su línea, por supuesto :)
EliminarSuper capítulo!! Me ha encantado de principio a fin.
ResponderEliminar¡Gracias! ^^
EliminarUn capitulo impresionante, me ha fascinado lo bien que explicas el horror de estos echos.
ResponderEliminarMuchas gracias. Fueron unas muertes terribles ciertamente.
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