RHAEGAR
Bajó
al patio de armas de la Fortaleza Roja, ya que era un lugar ideal para entrenarse
con la espada, algo que le encantaba; de hecho, era sin duda el mejor y cuando
contaba sólo diecisiete años había sido nombrado caballero. Sin embargo, si le
daban a elegir entre una lanza y un arpa bien afinada, elegiría esta última sin
pensar. Su padre, Aerys II Targaryen, monarca de los Siete Reinos, no estaba
muy de acuerdo con las inclinaciones de su primogénito. Rhaegar se consideraba a
sí mismo un buen heredero y, aunque no lo decía en voz alta, sabía que llegaría
a ser mejor rey que su progenitor. Cumplía con los requisitos que se le exigían
a un gobernante: fuerza, astucia, sentido de la justicia y, por qué no, un
punto de sensibilidad de la que su padre había empezado a carecer con el paso
de los años. Según se rumoreaba, Aerys sufría de una demencia progresiva fruto
del secuestro que sufrió durante seis meses en el Desafío de Bosquesombrío.
Aerys ya rondaba los cuarenta años y su pelo plateado, tan característico de la
familia, se mostraba descuidado y amarillento, la barba aparecía larga y sucia
e incluso había prohibido que se le cortasen las uñas. A todo ello se añadían
las numerosas cicatrices y heridas provocadas por las afiladas espadas que
formaban el Trono de Hierro y que le valían a Aerys el sobrenombre de Rey Costra. El aspecto no era
precisamente el que se esperaba de un rey poderoso como él. Rhaegar lamentaba
la situación y no veía el momento en el que heredaría el poder.