ROBERT
La
herida del hombro aún estaba sin curar. Se convertiría en una cicatriz más a unir a la colección
que adornaba su cuerpo. Pero no era una cualquiera: Rhaegar le había asestado
un profundo espadazo en el Tridente y luciría con orgullo una marca que
recordaría para siempre su victoria sobre el malnacido dragón. Iba de camino a
Desembarco del Rey y ya asomaban las torres de la Fortaleza Roja. Eddard se había adelantado y estaba
esperándolo allí, desde donde llegaron las mejores noticias que se podían escuchar:
Lord Tywin Lannister se había puesto del lado rebelde y saqueado la ciudad. El
rey Aerys había muerto a manos de Jaime Lannister, dato interesante para
Robert. Estaba deseando conocer al muchacho capaz de cometer semejante acto. No
negaba que le hubiera gustado ser él mismo quien acabara con el Rey Loco, pero
encontrarse con un trabajo tan desagradable ya hecho tampoco llegaba a
importarle demasiado. Había matado a Rhaegar, su objetivo principal, con sus
propias manos. Respiró profundamente al recordar los rubíes saltando por los
aires y perdiéndose en el río para siempre, mientras que su enemigo
musitaba «Lyanna…» Asqueroso dragón… ¿Cómo osaba decir ese nombre sagrado
con su último aliento? Robert todavía no sabía dónde estaba Lyanna, pero no
dejaría de buscar hasta dar con su paradero y desposarla por fin.
